Mar 19, 2026

19 de marzo de 1976, rompimiento de la huelga del STEUS ¡Ahí vienen los micos*!

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micos represion en unison (1)

FRANCISCO JAVIER RUÍZ LÓPEZ. HERMOSILLO, SONORA. MX.— El Chuy Valenzuela bajó dos-tres peldaños la escalinata del sótano improvisado como pequeña imprenta y nos gritó la que nosotros entendimos una pregunta por el compañero Picos y a la que respondimos ¡No está! Era lo que nos permitía escuchar el ruido del mimeógrafo al Tautime, al Campa y al Javier. Zamudio era quien nos enseñaba cómo manejar ése para nosotros, novedoso aparato. Volvimos a contestar, más fuerte y con agregado ¡Qué no está, chingado! a la que creímos pregunta repetida del Chuy. Ya molesto porque no le entendíamos, bajó hasta el descanso y nos gritó, abocinando sus manos alrededor de la boca: ¡Los micos! ¡Qué ahí vienen los micos!

 

 

 


Ya no recuerdo si apagamos el mimeógrafo y más que rápidamente subimos y corrimos por el pasillo hacia el frente del edificio principal de la Universidad de Sonora. Ya en las escalinatas, paralizados, expectantes, sentíamos una gran tensión, mezcla de enojo, desesperación, miedo ante esa mezcolanza de maestros y estudiantes secundarianos, pandilleros y señoras y señores mayores de edad, portando un estandarte con la virgen de Guadalupe que por fuera de las rejas de la entrada principal gritaban ¡Vivas! a Cristo Rey y ¡Muerte! a los huelguistas comunistas.

 

 

Yo, sin pensarlo mucho, más bien nada, busqué en la tierra alrededor de la asta bandera y sólo encontré dos piedras lisas, ovaladas, de esas de río, mismas que arrojé con una puntería inesperada e impensada al tipo que con un soplete cortaba las cadenas que cerraban las rejas de acceso a los carros, obligándolo a detener por dos ocasiones, momentáneamente, su tarea y junto con otros me amenazaron de que ya iba a ver cuándo entrarán. Mis compañeros me gritaron, aconsejándome que dejará de arrojarles piedras, lo que fue fácil porque solo encontraba terrones de boñiga o zoquete seco que se me desmoronaban en las manos.

 

 

Violentamente terminaron de abrir las rejas y en amenazante carrera, con una ensordecedora gritería, repitiendo sus ¡Vivas! y sus ¡Mueras! se abalanzaron contra nosotros, quienes corrimos a resguardarnos, mala idea, a las improvisadas oficinas del sindicato. Apenas doblábamos por el pasillo de la planta baja, cuando otro numeroso grupo de micos que había ingresado por las puertas posteriores de la Universidad de Sonora, por la calle Reforma nos lanzaron palos, piedras, paletas de mesabanco que, capoteándolas, pasaban por encima de nuestras cabezas y se estrellaban en las paredes mientras huíamos.

 

 

Alcanzamos a entrar, atrancar la puerta e intentamos protegernos de la golpiza que nos aguardaba. Fue cuestión de minutos que lograran derribar la puerta y entrar con rostros descompuestos, fanatizados, buscando y gritando por los dirigentes y sobre todo al Lorenzo Ramos, el asesor jurídico, a quien seguramente le reservaban la peor parte.

 

Sobre mí se abalanzó un mico de igual cara desfigurada, alzando y atacándome con unos chacos metálicos contra mi cabeza; alcancé a esquivarlo con un instintivo giro que lo hizo pasar de largo y sorprendido (yo más que él por mi ágil movimiento, recuerdo que hasta medio sonreí burlón en ese momento tan difícil), pero el mico se devolvió para, ahora sí asestarme el golpe que le había hecho fallar. Y ahí fue un recibir de varillazos, golpes de garrotes, puñetazos, patadas, empujones acompañados de una gritería amenazante hasta que nos sacan y obligan a pasar por en medio de una valla donde los hombres, protegiéndonos con brazos y antebrazos, de nuevo fuimos agredidos sin la más mínima compasión; a las mujeres las insultaban de putas y a lo más, cual caballerosos agresores, sólo llegaban a empujarlas.

 

Yo había quedado al lado del buen viejo don Richard Ruiz y de Rosy Gamboa, a quienes sí les consideraban cierto respeto y me intentaban proteger para que no me siguieran golpeando con sus súplicas de ¡ya dejen a ese pobre muchacho! ¡ya no le peguen!

 

Salíamos empujados, rodeados, acosados, por la pequeña escalinata del lado sur del mencionado edificio principal; continuamente me golpeaban las piernas tratando de tumbarme para ahí seguir golpeándome (no lo lograron pues jugar futbol creo que me ayudó bastante). Estaba paralizado, sin atinar a reaccionar. En un momento alcancé a balbucear: ¡Ya! ¿Qué más quieren? ¡Ya tronaron la huelga! Y uno de ellos me contestó: ¡Matarte!

 

 

Y se hizo un silencio… Como estudiante preparatoriano había enfrentado en las discusiones de salón a un mico de apellido Osorio; he de reconocer que él me hizo reaccionar. Se me acercó y me dijo: Córrele porque si no te van a matar. De inmediato obedecieron mis pies y mi inconsciente y corrí hacia el prado que se halla frente a la salida principal. Empezando a sentirme a salvo bajé el ritmo de mi carrera y volteé justo para advertir como un mozalbete me lanzaba un golpe, en dirección al tórax, con una ‘fila’, especie de segueta puntiaguda afilada toscamente, mismo que alcancé a esquivar, alcanzando a herirme solo superficialmente en mis costillas. Al ver al chamaco que me había atacado, envalentonado pretendí enfrentarlo, pero de inmediato se dejaron venir muchos más en mi contra. Opté por seguir corriendo, gritando por ayuda a los curiosos que permanecían por fuera de la Universidad.

 

Me subieron a un vocho de color rojo naranja, junto con un compañero que manaba profusamente sangre de la cabeza y quien resultó ser un estudiante oaxaqueño que estudiaba la carrera de Física. Nos trasladaron de inmediato a la Cruz Roja. Mi pantalón quedó completamente manchado de sangre, pero preocupado y asustado por las heridas del estudiante pedí que lo atendieran a él primero. Cuando llegó mi turno me llevé una regañada de parte de los paramédicos pues mi herida del costado les preocupó pensando que podía haber sido más profunda, afectando al pulmón; afortunadamente hasta hace poco solo conservo una leve cicatriz intercostal que se me ha ido desvaneciendo cada vez más, sino es que del todo, a causa del estiramiento de mi epidermis, para no decir de mi gordura.

 

Ahí en la Cruz Roja iban llegando más heridos, entre ellos el compañero Lauro Durazo. Los dos, después de ser atendidos de nuestras heridas visibles (hematomas, cortadas, lesiones con varillas, golpes contusos) tomamos un taxi hacia casa de mis padres, a dos cuadras y media de la Cruz Roja, taxi que luego llevaría a Lauro hacia la colonia Apolo.

 

Casi al llegar, advertí al compa Chuy Molina en nuestra frecuentada esquina del barrio, y pensé pedirle me consiguiera una camisa limpia para no causar alarma, pero cometí la torpeza de indicarle al taxista que se estacionara justo frente a la puerta de mi casa y ahí mi madre, ya al tanto de las noticias, esperaba nerviosa. Se desvaneció al verme en tan desastroso estado y en lugar de uno, fueron dos a quienes el Chuy ayudó esa vez.

 

 

Toda esa tarde y noche me retuvieron por más que pedía e insistía que me permitieran ir a ver cómo estaba todo, qué más había pasado con nuestro movimiento. A mis recién cumplidos veintiún años todavía les hacía demasiado caso a mis padres.

 

Al otro día, algunos compañeros y compañeras que anduvieron en comisiones visitando domicilio por domicilio para recabar información de los compañeros golpeados, se presentaron y me rescataron de mi familia y fue así que pude reincorporarme de nuevo a la huelga que se había decidido continuar en la plaza Zaragoza.

 

Hasta en tanto no adviertes las muestras de gusto y cariño con que te reciben, te das cuenta de la pequeña, pero igualitaria y fraterna organización que en aquel entonces estábamos construyendo.

 

 

* Mote con el que se designaba al grupo de choque, paramilitar y fascista del Movimiento Mexicanista de Integración-Cristiana. (MMIC, de ahí Micos), dedicado a reprimir movimientos estudiantiles y sindicales en la Universidad de Sonora, auspiciado por la derecha conservadora y recalcitrante del empresariado y burguesía sonorense de aquellos años.

 

Nota: Las fotos son de la Extra que el periódico El Imparcial hizo circular ese mismo día por la tarde. Sus fotógrafos y los de periódico El Sonorense eran los únicos que acompañaban a los agresores.

 

 

 

PUBLICADO EL 19 DE MARZO 2026 Con información de FRANCISCO JAVIER RUÍZ LÓPEZ. Sindicalista fundador del STEUS.

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