Mar 9, 2026

El jardín que habitamos. Carlos Sánchez

0

El torrente: un remolino que se forma con el viento sobre la tierra y se expande sin rumbo aparente. Pero está allí, contenido en esas páginas del libro que emana desde ese jardín multiplicado para ponernos sobre la emoción un puño de historias que se intrincan.

 

 

Juan Miguel Valles Simental es narrador de castilla, porque nació así. Y punto. Sin pretender desafanarse del oficio, y/o quizá condenado a ejercerlo, anda desde hace un buen de tiempo con la estructuración de oraciones para contar la vida.

 

 

La vida que acaba de reunir en este libro ganador del Concurso del Libro Sonorense en el género de crónica (2024) y que ahora reparte entre los más inmediatos lectores.

 

 

Tocó anoche la presentación en Casa de la Cultura de Sonora, Galería Eusebio Francisco Kino, en contexto de la exposición Dibujos y Pinturas, de David Ozuna, un plus hermoso-maravilloso, la propuesta que es búsqueda y rigor estilístico en el trazo.

 

 

Fue allí, con las palabras del Escritor Omar Gámez Navo desentrañando el contenido de El jardín que habitamos, esta ópera prima de Valles Simentel. En la respuesta a la convocatoria, nutrido de bandita el espacio, con una y otra pregunta para el autor, con diversos comentarios y felicitaciones, con la voz de Juan Miguel en la oferta de regiones del contenido de este libro que es crónica, que es relato, que es novela.

 

 

El jardín que habitamos, un eco que resuena desde la entraña de El tobarito y hasta la entraña de quienes leemos. Las vicisitudes del terreno que abarca la resistencia de un recuerdo florido que antes fue penumbra, que antes fue y es proyecto de vida, que siempre el fruto paradójico nos envuelve en la memoria con su toque inevitable de desolación.

 

 

En sus páginas se encuentran esos pasajes infaustos, el derecho de pernada que desgarra al padre en el amor de su hija, el deseo de aniquilar al patrón infame que por ofrecer trabajo se siente con el derecho del abuso. Aquí la descripción construye un hoyo en la panza de quien lee. Y construye el deseo de darle contra el piso al abusivo comandante del campo y de las vidas de campesinos. Un sabor agridulce permanecerá al paso de las hojas.

 

 

Luego vendrá la mutilación de los prejuicios, y ya encarrerados en la lectura, la poética intermitente, nos llevará a la casa del árbol ese donde se fragua la mística al son de una lata de resistol cinco mil y uno que otro aderezo de pintura en aerosol. La pura fiesta, el deseo como reacción de que el mundo se detenga para continuar la contemplación y capacidades de esas personas que se vuelven personajes. ¿Qué nombre tendrá el Mona?

 

 

Un batazo de jonrón, las plantas que sienten y escuchan las palabras desde esas manos tiernas, una gallina clueca que se convierte en menú mortal, el inhalar paradisiaco, un cuchillo que rompe y rasga, los temores tienen caducidad cuando la cancha se viste fiesta y un listón en la camisa es el pase de entrada para el baile y la emoción.

 

 

A borbotones las palabras, en el ritmo de ese canal de riego, ante el sutil movimiento de un papalote que se sujeta a lo lejos desde un hilo aferrado al pulso de la infancia. En ese campo todo está dispuesto, incluso el porvenir en el nombre del padre que se anima a migrar para luego regresar y darles un mejor instante a los hijos, mientras la bola vuela hacia el home run y hace añicos el vidrio parabrisas de un carro.

 

 

En este jardín que nos pinta a El tobarito dan ganas de ir a sembrar la mirada, porque cerca y a lo lejos, el mar.

 

 

PUBLICADO EL 08 MARZO DE 2026 Con información de Carlos Sánchez)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *