El petróleo se dispara y reabre el shock de Ormuz
El cierre efectivo del principal cuello de botella energético del planeta ha devuelto el Brent a los 100 dólares y ha instalado en los mercados el temor a una crisis mucho más larga de lo que se descontaba hace apenas unos días.
El Euro Stoxx 50 cae por el repunte del petróleo
El mercado ha dejado de mirar solo la guerra y ha empezado a medir su coste. Este jueves, el Brent llegó a tocar los 101,59 dólares y seguía en torno a 100,44, mientras el WTI avanzaba un 10,1% hasta 96,12 dólares. La chispa inmediata fueron las primeras declaraciones del nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Khamenei, que defendió mantener cerrado el estrecho de Ormuz como “herramienta de presión”. Al otro lado, Donald Trump dejó claro que frenar el programa nuclear iraní pesa más, políticamente, que contener el precio del crudo. Lo más grave, sin embargo, no es el salto de una sesión: es que el sistema energético global vuelve a enfrentarse a un riesgo de suministro de primera magnitud, y ni siquiera la liberación récord de reservas estratégicas ha bastado para enfriar el pánico.
El cuello de botella del planeta
No hay exageración posible: Ormuz no es un paso marítimo más. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, en 2024 circularon por ese estrecho unos 20 millones de barriles diarios, el equivalente a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. La Agencia Internacional de la Energía añade otro dato decisivo: por esa misma ruta transita en torno al 25% del comercio marítimo mundial de crudo y una interrupción también golpearía de lleno al gas natural licuado, porque alrededor del 20% del comercio global de GNL cruza ese corredor, en buena parte desde Qatar. El diagnóstico es inequívoco: cuando Ormuz se bloquea, el problema no afecta solo al Golfo, sino a la cadena energética completa, desde refinerías y petroquímicas hasta navieras, aseguradoras y bancos que financian cargamentos. Por eso la reacción del mercado ha sido tan violenta. No se teme solo una menor oferta puntual, sino una parálisis logística difícil de sustituir por rutas alternativas.
El mercado ya no cree en un sobresalto breve
La subida del jueves no es relevante únicamente por su tamaño, sino por lo que revela. El Brent volvió a situarse en el umbral psicológico de los 100 dólares, después de haber coqueteado con los 120 dólares a comienzos de semana y tras partir de niveles cercanos a 70 dólares antes de la guerra. Es decir, el crudo ha pasado en pocos días de descontar una escalada regional a poner precio a una perturbación persistente de la oferta. La reacción bursátil confirma ese giro: el S&P 500 cedía un 1,2%, el Dow Jones perdía 607 puntos y el Nasdaq retrocedía un 1,7%, con castigo especial para compañías intensivas en combustible, como aerolíneas y cruceros. La consecuencia es clara: el dinero ya no compra el relato de una crisis contenida. Compra duración, incertidumbre y primas de riesgo más altas. Y cuando el mercado empieza a pagar por tiempo, no solo por titulares, los movimientos dejan de ser ruido y se convierten en señal.
Reservas récord, alivio limitado
La respuesta oficial ha sido contundente, pero no suficiente. La AIE anunció la liberación de 400 millones de barriles de reservas estratégicas, la mayor operación coordinada de su historia y más del doble de la activada tras la invasión rusa de Ucrania en 2022. Estados Unidos aportará 172 millones. Sobre el papel, la cifra impresiona; en la práctica, el mercado la está leyendo como un parche. La propia información disponible apunta a que la pérdida de producción en la región podría rondar los 8 millones de barriles diarios en marzo, mientras varios productores del Golfo han recortado al menos 10 millones por las dificultades para exportar. Arabia Saudí y Emiratos han logrado redirigir parte de sus volúmenes, con 5,9 millones de barriles diarios saliendo por puertos occidentales saudíes y unos 2,4 millones desde Fujairah en el caso emiratí. Pero el contraste sigue siendo demoledor: se puede amortiguar el golpe, no neutralizarlo. Si Ormuz no reabre, las reservas compran tiempo; no resuelven el problema.
El fantasma de la estanflación
Lo que convierte este episodio en especialmente peligroso es el momento económico en el que irrumpe. El repunte del petróleo llega cuando la economía estadounidense ya mostraba síntomas de fatiga: la última referencia de empleo había sido débil y el mercado empezaba a especular con una desaceleración más seria. En ese contexto, un encarecimiento brusco de la energía actúa como un impuesto adicional sobre hogares y empresas. Lo más visible ya está ocurriendo en los bonos: la rentabilidad del Treasury a diez años subió al 4,24%, frente al 3,97% previo al inicio de la guerra, y el mercado ha retrasado las expectativas de bajadas de tipos por parte de la Reserva Federal. Ese cruce entre crecimiento más frágil e inflación más resistente es, precisamente, el terreno clásico de la estanflación. “Detener a Irán antes de que obtenga armas nucleares importa más que el precio del petróleo”, vino a decir Trump. El problema es que los mercados no votan esa prioridad geopolítica: la monetizan, la financian más caro y la trasladan al conjunto de la economía real.
PUBLICADO EL 12 DE MARZO 2026 Con información de NEGOCIOS)
