Sep 14, 2026

¿Ha perdido México la vocación formadora de los hospitales?

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hospital residentes

Residentes en hospital.Imagen Istock

CIUDAD DE MÉXICO, MX. — Pocas veces desde la articulación del Sistema Nacional de Salud en 1983 se habían acumulado tantos problemas al mismo tiempo: escasez de fármacos e insumos, deterioro de la infraestructura hospitalaria, autoridades poco preparadas para su cargo, inseguridad y creciente desconfianza de los pacientes son realidades que afectan cotidianamente la prestación de los Servicios Médicos. Sin embargo, existe una crisis menos visible cuyas consecuencias podrían sentirse durante muchos años: el deterioro de la función formadora de nuestros hospitales.

 

Durante décadas los grandes hospitales públicos del país no solo atendieron pacientes, sino que también fueron espacios de enseñanza, aprendizaje y desarrollo profesional. En ellos se formaron muchas generaciones de especialistas que hasta ahora sostienen en buena medida los Servicios Médicos públicos y privados. Sin embargo, actualmente resulta legítimo preguntarse si esa vocación educativa sigue siendo una prioridad para las instituciones de salud.

 

Uno de los cambios más significativos de los últimos años ha sido el incremento acelerado en el número de plazas para residencias médicas. En principio, aumentar la formación de especialistas parece una medida razonable en un país con importantes carencias de personal médico y mala distribución de especialistas. El problema es que en muchos casos este crecimiento no estuvo acompañado de una planeación adecuada ni de inversiones paralelas en infraestructura, equipamiento y condiciones de enseñanza, lo que sugiere que el incremento de plazas podría deteriorar la calidad de la formación sin resolver las causas de fondo de la escasez y mala distribución de especialistas.

 

 

Hospitales que contaban con cuatro o cinco residentes por generación ahora reciben (en ocasiones) el doble. No obstante, espacios de descanso, áreas académicas, comedores, equipos de cómputo y recursos docentes no crecieron al mismo ritmo, lo que ha dado como resultado una presión creciente sobre instituciones que ya enfrentaban limitaciones importantes.

 

Además, el supuesto objetivo de que mayor número de especialistas se incorpore a zonas rurales o alejadas de los grandes centros urbanos parece ignorar un problema de fondo. La decisión de dónde ejercer no depende únicamente del número de egresados. También influyen factores como condiciones laborales, estabilidad contractual, disponibilidad de insumos, seguridad y oportunidades de desarrollo profesional.

 

Difícilmente un médico aceptará permanecer en una comunidad donde carece de herramientas básicas para ejercer adecuadamente su profesión y no tiene la posibilidad de arraigarse, ya que su contrato es temporal y, por tanto, incierto. La impresión que deja esta política es que el énfasis ha estado puesto en incrementar los números de especialistas en formación más que en resolver los factores estructurales que explican la distribución desigual de médicos en el país.

 

 

Las consecuencias de este proceso comienzan a ser visibles. Los hospitales dedicados históricamente a la formación de personal médico muestran signos preocupantes de desgaste. El reciente brote de salmonelosis que afectó a numerosos médicos residentes en la Ciudad de México puso sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿Cuánto invierten las instituciones en el bienestar y la formación de quienes representan el futuro del sistema de salud?

 

La vocación es una relación de doble vía. Estudiantes y residentes llegan a los hospitales con expectativas de aprendizaje, desarrollo profesional y servicio a los pacientes. Pero las instituciones tienen la responsabilidad de proporcionar circunstancias que permitan cultivar esos valores.

 

La respuesta parece preocupante. En muchos nosocomios las condiciones de descanso, alimentación y aprendizaje de los residentes han dejado de ocupar un lugar central. La carga asistencial aumenta, la burocracia consume cada vez más tiempo y los recursos disponibles resultan insuficientes. En ese contexto, la enseñanza suele convertirse en una actividad secundaria. A esto tenemos que agregar la violencia que proviene desde las autoridades, que amenazan y amedrentan a los residentes si se niegan a obedecer ciegamente aunque se ponga en riesgo la salud y la vida de los usuarios. El médico residente hoy se encuentra ante un dilema muy grande: «Obedecer a pesar de que dañe conscientemente a mi paciente por no contar con los insumos necesarios para su atención o revelarme y poner en riesgo mi carrera profesional».

 

Lo ocurrido recientemente en Veracruz ilustra con claridad esta problemática. Los videos difundidos de un alto funcionario del sector salud confrontando a médicos residentes que expresaban preocupación sobre la falta de insumos para realizar procedimientos quirúrgicos generaron amplia discusión pública. Más allá de las responsabilidades individuales y de las investigaciones que eventualmente se realicen, el incidente reveló una visión preocupante: la percepción de que cuestionar situaciones inseguras constituye un problema mayor que las propias condiciones que ponían en peligro la vida y la salud de los pacientes.

 

 

Con frecuencia se afirma que las nuevas generaciones de médicos han perdido vocación, compromiso o disposición para el sacrificio. Es una explicación sencilla, pero también profundamente injusta. Antes de juzgar a quienes se están formando habría que preguntarnos qué tipo de entorno institucional les estamos ofreciendo.

 

 

¿Cómo exigir entusiasmo permanente a quien enfrenta jornadas extenuantes, incertidumbre laboral, amenazas, violencia y escasez de recursos? ¿Cómo hablar de vocación cuando un residente debe elegir entre realizar un procedimiento con recursos insuficientes o poner en riesgo años de formación profesional? ¿Podemos realmente sorprendernos de que aparezcan agotamiento, frustración y desencanto?

 

La vocación es una relación de doble vía. Estudiantes y residentes llegan a los hospitales con expectativas de aprendizaje, desarrollo profesional y servicio a los pacientes. Pero las instituciones tienen la responsabilidad de proporcionar circunstancias que permitan cultivar esos valores. Cuando el aprendizaje queda sometido al trabajo bajo amenaza, cuando el abuso sustituye a la enseñanza y cuando los residentes son vistos principalmente como fuerza laboral barata, la vocación termina erosionándose. El problema no son las nuevas generaciones, sino las condiciones materiales bajo las cuales se presta la atención médica en nuestros hospitales.

 

El inconveniente no parece ser la ausencia de compromiso al inicio de la residencia. Lo preocupante es el desgaste progresivo que se produce durante la formación, no solo físico y mental, sino también ético y profesional. El sistema envía el mensaje de que el residente no está para brindar atención en salud de calidad idónea a sus pacientes, sino para lograr las estadísticas que le imponen sus autoridades. Esta es una pedagogía de la sumisión. El médico «bueno» no es el que sabe medicina o trata bien a sus pacientes, sino aquel que no es crítico, no es autónomo y cuida más la estadística que al mismo paciente. Un sistema que descuida la educación médica termina comprometiendo también la calidad de la atención futura.

 

Por tanto, la cuestión relevante no es si las nuevas generaciones tienen menos vocación que las anteriores. La verdadera pregunta es si nuestras instituciones conservan la capacidad y la voluntad de formar médicos con altos estándares científicos, éticos y humanos.

 

Tal vez confundamos la pérdida de vocación con algo mucho más grave: el agotamiento provocado por un sistema que poco a poco ha ido descuidando su función educativa. Y si ese es el caso, el problema no está en los residentes, sino en las instituciones y sus autoridades que han dejado de considerarlos una prioridad.

Fecha de publicación lunes 14 de septiembre de 2026/ Dr.  Mauricio Sarmiento-Medscape

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