Jul 24, 2026

SOMOS NUESTRA MEMORIA. La mentira como forma de vida

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mentira

El maestro Israel Jasso fue hallado muerto el 21 de julio, después de que una de sus estudiantes de la preparatoria presentara una denuncia formal en su contra por abuso sexual. Antes de su suicidio, dice en su testimonio: «Quiero dejar claro que la decisión que tomo no es porque sea culpable, sino todo lo contrario; quiero que se entienda como un acto de rebeldía o un sacrificio para que mejoren el sistema de justicia y se respete la presunción de inocencia». Vaya forma de dejarnos sin palabras.

Y es que en nuestro país la mentira se ha vuelto una forma de vida donde muchas personas comen de eso, algunas llegan a pensar que van a encontrar respuesta a los ataques que han sufrido por quienes ni la deben ni la temen.

La mentira no es un accidente del discurso público: es, muchas veces, un método. Sirve para tapar abusos, para fabricar enemigos, para manipular emociones y para convertir una versión torcida de los hechos en verdad aceptada por cansancio, miedo o conveniencia.

En la vida personal, la mentira destruye vínculos; en la vida social, corroe instituciones. Cuando una acusación se fabrica o se exagera con mala fe, el daño no se limita a la reputación de una persona: alcanza su trabajo, su familia, su estabilidad emocional y su capacidad de defenderse. La calumnia no solo hiere; también busca disciplinar, aislar y someter.

Por eso conviene decirlo con claridad: no toda denuncia es falsa, ni toda denuncia es verdadera por el simple hecho de formularse. Una sociedad madura no puede entregarse al grito ni al linchamiento. Tiene la obligación de escuchar, investigar y distinguir entre la víctima real y quien usa el dolor como instrumento de presión.

Ese es el punto central que muchas veces se pierde en el ruido. La mentira funciona porque se reviste de moral, porque se presenta como indignación, porque se apoya en causas legítimas para introducir intereses mezquinos. Y cuando eso ocurre, el daño es doble: se lastima a la persona señalada y se debilita la credibilidad de las causas que sí son justas.

En el terreno psicológico, mentir no es solo falsear datos. También es crear una narrativa para obtener poder, castigar al otro o escapar de la responsabilidad. Quien miente con frecuencia aprende a vivir de la distorsión, y acaba confundiendo la conveniencia con la verdad.

México conoce bien ese mecanismo. Lo vemos en la vida pública, en la disputa política, en la violencia cotidiana y en la manera en que se administran ciertos discursos sobre justicia, seguridad y derechos humanos. Se habla mucho, se promete mucho y se resuelve poco. Entre tanto, la gente común paga el precio de la simulación: vive con miedo, con desconfianza y con una sensación creciente de indefensión.

La psicología tiene algo que decir ante ese escenario: una comunidad sometida a la mentira y a la violencia termina enferma. No solo por el delito en sí, sino por la desconfianza, la frustración y la impotencia que produce vivir en un entorno donde la verdad parece siempre negociable.

La salida no está en la resignación ni en el espectáculo. Está en recuperar el valor de la evidencia, del debido proceso y de la palabra responsable. Porque cuando la mentira se vuelve norma, la convivencia se degrada; y cuando la verdad deja de importar, la justicia se vuelve un decorado.

En tiempos así, callar por prudencia puede parecer sensato, pero nombrar el problema con claridad sigue siendo una forma de defensa. No contra una persona, sino contra una cultura que premia la simulación y castiga la verdad.

Causas y azares:

Hay ciudades según el INEGI donde la inseguridad ya no sorprende, solo cansa. Irapuato, Culiacán, Reynosa, Villahermosa y Uruapan son ejemplo de territorios donde la percepción de riesgo se volvió parte de la rutina, como si el miedo hubiera dejado de ser una alarma para convertirse en paisaje.

Eso no ocurre por casualidad. La violencia se alimenta de corrupción, pactos oscuros, impunidad y una normalización progresiva del abuso. Cuando el poder público tolera, negocia o convive con el crimen, la ciudadanía queda atrapada entre dos fuerzas que deberían protegerla y terminan asfixiándola.

La consecuencia es brutal: la gente aprende a callar, a desconfiar y a sobrevivir. Se deteriora el tejido social, se debilita la autoridad legítima y se abre espacio para que el miedo gobierne donde debería hacerlo la ley. La inseguridad deja de ser solo un problema policial y se convierte en una herida psicológica colectiva.

Tampoco ayuda la simulación de algunas políticas públicas. Hay programas que se anuncian como solución mientras dejan intactos los problemas de fondo. Hay discursos de protección que no llegan a la víctima real. Hay presupuestos que se consumen en burocracia, mientras las personas siguen sin acceso efectivo a justicia, atención y reparación.

Nos estamos viendo, que yo no hablo de perdones ni de venganzas. Lo mío es más simple: las personas que me lastiman dejan de existir para mí.

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Fecha de publicación viernes 24 de julio de 2024

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